Khanzi – Zeerust

Regalando sonrisas

No dormimos tan mal, a pesar de que los colchones estuvieran llenos de agujeros, comidos por los ratones.

Nuestro último alojamiento en Botswana, el gimnasio de un área de servicio….

 

Como siempre pasa en los últimos días de los viajes largos, las anécdotas e historias que nos han marcado nos acompañan durante las primeras horas en nuestro regreso a Sudáfrica, dejamos atrás Botswana, toda una sorpresa como país, un gran desconocido en España, pero que merece muchísimo la pena.

Vamos continuamente fijándonos a ambos lados de la carretera pero no encontramos ningún poblado en el que parar para dejarles la ropa, las esterillas, la comida, y así hacer feliz a un par de familias que realmente lo necesiten más que nosotros. La carretera por la que circulamos, la Trans-Kalahari, es una gigantesca recta de más de 300 kilómetros, que atraviesa el desierto de noroeste a sureste; pero no vemos nada más que maleza y bosque bajo. Encontramos algunos caminos de tierra que terminan en la carretera principal, y me muero de ganas de girar, y hacer kilómetros y kilómetros hasta encontrarme con algún poblado de Bosquimanos o habitantes de estas zonas tan intrigantes para mí. Me gustaría mucho Intentar tener algún tipo de comunicación, pasar un rato con esa gente al igual que hicimos en los pueblos de Namibia, en definitiva, aprender…

Como la distancia con la frontera era cada vez más pequeña, y los poblados cerca de la carretera no aparecían por ningún lado, empezamos a pensar que haríamos con el material en caso de llegar a Sudáfrica. Cuando ya estábamos bastante cerca de la frontera, pudimos ver a 3 niños correr entre un par de cabañas de madera y paja….

En apenas un par de casas como esta viven todos los miembros de las familias…

 

Aparcamos los coches en el arcén y nos acercamos a un cierre metálico que hacía de puerta de entrada. Allí, cuatro hombres y siete u ocho niños nos miraron con cara de desconfianza y misterio; uno de ellos se acercó y le preguntamos si hablaba inglés, sus palabras en una lengua desconocida para nosotros respondían a la pregunta….

Uno de nuestros coches en la valla de entrada al poblado. A la izquierda parte de todo el material que les dejamos…

 

Como una imagen vale más que mil palabras, me acerqué al coche y le mostré un par de camisetas; en cuestión de apenas un par de segundos, tenía a los cuatro adultos junto a mí, con los ojos como platos y diciendo que si con la cabeza.

A cada pieza de ropa que yo sacaba del bolso, los cuatro le echaban la mano para cogerla, teniendo que intermediar para repartir de la forma mas equitativa posible todo el material. Cuando les mostré mi saco de dormir y abrí la cremallera para explicarles cuál era su función, uno de ellos pronunció en un perfecto inglés la palabra sleep, así que algo del idioma conocían.

Cuando acabe el reparto de ropa entre los adultos, me pasé al bando de los niños, con los juguetes y los libros para colorear. Con unos ojos brillantes y curiosos, estaban atentos a una bolsa de plástico que dejé en el suelo, mientras volvía al coche a por la cámara de fotos. En el tiempo que pude tardar en ir y volver, sobre 10 segundos, la bolsa estaba totalmente vacía, y los pequeños tenían los muñecos repartidos.

Los niños más mayores se repartían los muñecos de juguete, mientras uno de los pequeños se entretenía arrastrando un palo por el suelo..

Les enseñe el libro de colorear, y con un bolígrafo escribí mi nombre. Les pedí que escribieran el suyo, y el resultado fue sorprendente. En esa familia se llaman unos a otros por iniciales: El más mayor se llamaba T, otro C, los dos más pequeños no sabían escribir, pero uno de ellos se llamaba K.

Depués de repartir todo el material, nos sacamos una foto con ellos, con la tristeza de no tener ningún tipo de posibilidad de hacérsela llegar desde España. Antes de marcharnos, intentamos preguntarles porqué no se encontraban las mujeres en el pueblo; malamente supusimos por las explicaciones que se encontraban ejerciendo algún tipo de actividad y no volvían hasta la noche.

Foto de familia…

 

Creo que en todo el viaje no me he sentido mejor conmigo mismo como en la casi media hora que tuvimos la suerte de compartir con estas personas. Ver la sonrisa de los niños y los adultos cuando abría el bolso y les mostraba la ropa, o la forma de decirnos adiós con una mano, mientras en la otra tenían los paquetes de comida o ropa, compensa todo lo malo o menos bueno que nos haya podido pasar desde que salimos de España hace ya veinte días.

Llegamos a nuestra última frontera, la cual pasamos sin problema y en apenas diez minutos. Una vez de regreso en Sudáfrica, el paisaje verde vuelve a acompañarnos, y las chabolas, la gente en los arcenes, el desorden y la suciedad invaden los márgenes de las carreteras; pudiendo decir sin ningún tipo de reparo que Botswana está mucho más avanzada en líneas generales que cualquiera de sus países vecinos que hemos visto en este viaje.

La alegría y las mejores sonrisas hacia nosotros siempre están presentes en todos los habitantes de estas zonas.

 

Tras rodear pueblos durante más de cincuenta kilómetros, llegamos otra vez a la carretera general y con ella a Zeerust. Nuestro mayor problema residía en encontrar la pista por la que se accedía el alojamiento que teníamos reservado.

Calle principal de una de las muchas pequeñas ciudades que tuvimos que cruzar para llegar hasta Zeerust.

Al final y tras dar varias vueltas, subirme a un camión para preguntarle a su conductor y circular varios kilómetros sin mucha esperanza de encontrarlo, llegamos a un pequeño cartel donde nos indicaba que estábamos a sólo dos kilómetros girando a la izquierda.

Nuestra última noche iba a ser la sorpresa del viaje en cuanto a alojamientos. Un hotel con pequeñas casas, todas de piedra y con el techo de paja, rodeadas de caminos y vegetación. El hotel tiene como recepción una casa muy grande, que hacía también las veces de vivienda de la dueña y comedor.

Imagen de una parte del hotel con varias casas muy próximas entre sí. Todo perfectamente cuidado y limpio.

Nuestra habitación, una pequeña casa redonda muy organizada, con dos camas, servicio e incluso una zona con nevera y máquina de café. Demasiados lujos para lo que estamos acostumbrados….

Nos estaban esperando (éramos los únicos huéspedes), así que tras repartir las habitaciones y descansar un rato, hicimos tiempo a que llegara la hora de cenar, que aquí la teníamos incluida….Otro acierto del cambio de planes de hace dos días, porque hubiéramos llegado de madrugada, y por supuesto nos quedaríamos sin cena.

La cena nos la sirvió la propia dueña en el salón/comedor de su casa y todos nos quedamos boquiabiertos con la decoración: Muchísimos detalles africanos, muy bien colocados y con un muy buen gusto y orden.

Cenamos sopa de naranja con curry, una pequeña ensalada, el último día ya dejamos atrás todos los temores de salud, y de segundo plato, pollo con puré de espinacas y patatas cocidas.

Quizás fuera por el hambre que pasamos algunos días o los menús repetidos, pero la mezcla de sabores y sensaciones que nos produjo esa cena será difícil de olvidar. Y como las bebidas no estaban incluidas, nos dimos un pequeño capricho, pidiendo una botella de vino tinto Sudafricano…..

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